
| Fantasía de fuego fatuo |
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| Domingo, 11 de Diciembre de 2011 23:37 | |||
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Ante la mirada abatida de Florentino Pérez y la resignación patente de Mourinho, este partido del sábado pasado vino a demostrar que el mejor Real Madrid de las últimas temporadas es inferior a la versión menos brillante del universalmente rutilante Barcelona de los últimos tiempos. Así que en los próximos días sabremos si mientras los azulgrana se daban otro festín en el Bernabéu, el duro descenso a la realidad permite a ambos mandamases de la ‘casa blanca’ comprobar una vez más que donde la distancia entre uno y otro equipo se hace sideral es en el centro del campo, que es donde nace y fluye la efectividad y superioridad abrumadora de este Barcelona preciso y sostenido campeón hasta que alguien demuestre lo contrario y donde no actúan los fichajes de los omnipotentes responsables madridistas. Ese ‘alguien’, hoy por hoy, no es el Real Madrid. Para sorpresa del madridismo, que en lo que va transcurrido de Liga y Champions, transportado en volandas de portadas de ‘hosanna’ y alabanza, creía estar en el camino que en fútbol precipita los cambios de ciclo. Ese Real Madrid, es cierto, es mejor que el de los años inmediatamente anteriores; como es cierto que el Barcelona no ha engrasado la máquina a estas alturas del año futbolístico al nivel de prestaciones que el mundo balompédico universal le reconoce. De acuerdo, pero esa ensoñación madridista debería haberse quebrado en los partidos que el equipo disputó recientemente contra el Valencia y el Atlético de Madrid. Bastó que esos dos rivales plantasen cara sin complejos para que crujieran las cañerías. Como en años anteriores, solo que –también hay que decirlo- el Real en esos dos choques citados mostró una mejor disposición al sacrificio y solidaridad. Fueron dos avisos desatendidos en aras del optimismo y las portadas avasallantes. Así, el despertar ha sido más duro de lo previsto. Podrá decir el madridismo que la fortuna no estuvo de su lado. Una verdad matizable, porque pocas veces se encontrará con un escenario tan de cara como el que propició el regalo de Valdés en el minuto uno. Saber gestionar esos momentos es lo que distingue a un campeón. Saber gestionarlo y que sus figuras estén a la altura del compromiso y de la saneada cuenta que el club les proporciona. Pero mientras Messi, Xavi, Iniesta y compañía siempre terminan por imponer su categoría, Cristiano desaparece de la escena y cuando aparece es para reventar jugadas de mucho más recorrido que el lejano disparo o el egoísmo individualista en perjucio de compañeros mejor situados y, en definitiva del equipo. Y distingue a un campeón tener respuesta a un 'autogol', en lugar de entregar el balón, el campo y el partido a partir de ese minuto de una fatalidad que por juego ya estaba mereciendo el Barcelona. Equipo. He ahí la palabra. Que se construye en base a la protección de la cantera y los fichajes. Saludemos, así, la aparición en la Liga española –y en el Bernabéu en concreto- de un futbolista como Alexis. Que, por comparación con los Coentrao y otros, debería dar que pensar al madridismo. Felicitémonos, por lo demás, de que el diapasón de los incidentes rebajase notablemente su intensidad con respecto a los últimos partidos. Pero con un punto negro. A Iniesta, faro y bandera de la Selección, uno de esos jugadores cuyo nombre perdurará mucho tiempo después de su retirada, no se le puede abroncar en el momento de la sustitución por el mero hecho de que viste la camiseta rival. Esas cosas no pasaban antes en el Bernabéu.
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