
| El disparate de los horarios |
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| Lunes, 12 de Septiembre de 2011 16:09 | |||
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El Betis jugando en Heliópolis a las doce del mediodía, con 40 grados a la sombra; el Español terminando su partido de madrugada, al día siguiente, ‘vuelta al cole’; dos horas sin fútbol –precisamente las más indicadas para el juego- la tarde del sábado… Definitivamente el fútbol, sus gestores, han tirado por la borda su relación con uno de sus grandes aliados naturales, tradicionales y potenciales: la radio. Y no lo digo por la prohibición de entrar en los estadios. Dije aquí, hará un mes, que los clubes tienen parte de razón al exigir un canon. Otra cosa es la oportunidad de la medida. Pero que las cosas no están tan claras lo demuestra el hecho de que, dos semanas después de la primera prohibición, la patronal de las cadenas radiofónicas aún no se ha presentado en un Juzgado denunciando lo que, sin embargo, vienen proclamando: la imposibilidad de ejercer un derecho constitucional. El sonido inconfundible de la tarde de los domingos –que últimamente se había extendido al sábado- ha pasado así, por causa de la dispersión de horarios, a una mera sucesión de partidos radiados, lo que resta aquella emoción simultánea de trasladarse en tiempo real del Bernabéu al Camp Nou, de Sarriá a San Mamés, de Nervión a Mestalla… en un desenfreno de ‘radio en estado puro’ que acompañaba en tiempo real al oyente hasta el estadio en que se estaba produciendo la noticia. Este es uno de los efectos colaterales de estos nuevos amos del fútbol, las televisiones. Esos despiadados ‘entes’ que –las autonómicas- han multiplicado el déficit público sin que, treinta años después de su existencia, se sepa muy bien cuál es su utilidad pública o que –las privadas- han introducido la zafiedad en la sociedad española como vehículo de éxito y ascenso en la escala social. Naturalmente, que los programas de radio, su calidad, se resientan por una decisión ajena a las cadenas es un problema que debería atañer ante todo a las propias cadenas, por más que los oyentes lamentemos esa caída de calidad. E insisto: el fútbol, la LFP, los clubes, no quieren entender la deuda contraída con la radio a lolargo de muchas décadas: ¿cuánto costarían en términos de tarifa publicitaria los programas que a lo largo de la semana contribuyen a acrecentar el interés de un partido? Pero esta dispersión de horarios, por encima de cualquier otra consideración, a mí me lleva de nuevo a esa otra reflexión: la del escaso, ínfimo respeto que el fútbol, la LFP, los clubes sienten por el espectador de pago. El que acude a la grada y sufre el calor o la lluvia, el que deja en taquilla unos euros generalmente desorbitados, el que sacrifica horas de convivencia familiar para presenciar el partido en el estadio… Ese espectador, hoy en día, es el que menos importa en este mundo del balompié. Ya lo vimos en la grada de Heliópolis o en aquel horario de madrugada en que terminó el Barcelona-Madrid de la Supercopa… Paradojas de esta época: al fútbol, la LFP, los clubes, les importa más un chino que en China contrata el partido televisado que ese otro espectador al que no paran de halagarle con cantinelas del tipo “con el apoyo de la afición…”. Más que nada, para que compre camisetas. El día que pase la moda de tíos como castillos embutidos en la camiseta para ver un partido de fútbol… ni eso.
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