
| Cuando nos creíamos héroes |
| Opinión - Opinión | |||
| Lunes, 30 de Enero de 2012 13:50 | |||
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Por Juanma Garrido Anes Estadio Deportivo Jugar a ser Dios es peligroso. Creerse un Dios, lamentable. Y adorar a quien se cree Dios es de juzgado de guardia y ya sabemos cómo están de saturados los juzgados de España, así que la regla de tres es sencilla. Por decirlo fino, a mí me importa el polémico Mourinho y lo que le rodea exactamente lo mismo que la marca de maquinilla de afeitar que usa Guardiola, pero que nadie se engañe: desde el mismo instante en el que pisó España para recalar en el banquillo del Real Madrid (lo recibió el séquito blanco al completo bajo palio, prensa incluida) todo el mundo sabía que, para lo bueno y para lo malo, iba a dar más juego a este mundillo que Remedios Cervantes a las redes sociales por su gesta en Atrapa un Millón. Particularmente, siempre he preferido a los que van con la cara de mala uva avisando de su genio (cual rugido de león) que a los corderitos; los que normalmente hablan en voz bajita relatando eternas homilías y sermoneando sin parar, destacándose ellos mismos por su propia humildad (olé ahí la ironía, para enmarcar) y poniendo cara de lindos gatitos suelen tener un colmillo escondido y una lengua de serpiente de esas que dan ataques mortíferos; y sin haberlo ni imaginado, que es lo peor. El ‘mourinhismo’, nacido por y para la causa madridista ante la desesperación por la actual ventaja político/ deportivo/ social del Barcelona (cuestión esta última que habría que analizar, pero esa es otra historia y me faltan páginas) martiriza ahora sin descanso a quien idolatró hasta hace dos minutos, portada tras portada, informativo tras informativo, pedestal tras pedestal. El cambio de rumbo no me sorprende –pocas cosas me sorprenden a estas alturas de la película- y mucho menos me sorprende sus consecuencias. Lo que sí me llama la atención es que el propio implicado, el que se cree Dios porque en todos los sitios lo han idolatrado, cometa el error de hablar de topos, de infiltrados, de clanes, de traidores, de venganza. Es la viva imagen del escorpión que se devora a él mismo. No escupa sobre el mismo material que le llevó a ganar las guerras en las que participó, caballero. Mucha culpa, muchísima, casi toda, la tenemos los periodistas, yo el primero: obviamos la mesura, dar el tiempo al tiempo, engrandecemos por una mísera acción a quien no debemos, vendemos la moto sin estar ni diseñada con tal de aumentar medio punto el share, la audiencia o la publicidad de nuestro medio. Nosotros purgaremos nuestros pecados y, de hecho, cada vez los purgamos con más rapidez. Pero como a la otra parte también le interesa el juego que no tenga la poca cara dura de rasgarse las vestiduras cuando el viento que ella ha alentado con el mayor de los fuelles se le pone de cara repentinamente. Dirigentes peloteados por puro amiguismo, entrenadores magnificados o jugadores sobrevalorados por conveniencia chivata se deprimen o irritan cuando la historia cambia y ven, leen o escuchan críticas inesperadas donde antes siempre había halagos asquerosamente exagerados. No, aquí nadie es un héroe permanente por mucho que se lo crea ni por mucho que se lo digan. Los periodistas tampoco, aunque algunos estiren mucho su momento de gloria. Los héroes no existen y, si acaso existieran, serían nuestros padres. Como siempre.
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